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Ciencia de verdad contra cuentos mareadores: El valor de dudar y comprobar
A veces nos vamos con la idea de que una persona con muchos estudios o que habla con palabras muy rebuscadas tiene la verdad absoluta, pero la realidad nos da bofetadas de frente. Como bien decía el físico Richard Feynman, nunca hay que confundir la educación con la inteligencia, porque se puede tener un doctorado y seguir siendo un idiota. Hablar con tecnicismos o usar jerga científica no convierte a nadie en científico. Si no se tiene criterio ni pensamiento crítico, por más términos elegantes que se metan en la plática, se siguen diciendo estupideces.
Hay una confusión muy grande allá afuera que debemos aclarar de una vez: una cosa es analizar datos de un experimento y otra muy diferente es interpretarlos a conveniencia. Si la ciencia fuera meramente interpretativa y especulativa, sería igual a los dogmas religiosos, donde cada quien entiende lo que quiere, y no es así. La ciencia real no cambia según el humor del cliente. La gravedad por ejemplo no es algo especulativo o interpretativo, si dejas caer un ladrillo aquí, el ladrillo siempre va a caer al piso, lo importando dónde nos encontramos. Si armamos una laptop o conectamos un ordenador a una red como el internet, va a funcionar exactamente igual en este hemisferio o en el otro. Gracias a que este conocimiento funciona en todas partes de manera exacta, es que podemos comunicarnos hoy sin importar la distancia o la ubicación.
La ciencia de verdad es un conocimiento basado en un empirismo metódico. Eso significa que sigue una serie de pasos claros para que cualquier otra persona, en cualquier rincón del planeta, pueda hacer el experimento y comprobar por sí misma si lo que se dice es una mentira o una verdad. Si mezclas por ejemplo vinagre y carbonato, esto hará una reacción química, aquí y en la Luna. Es algo demostrable, comprobable y repetitivo. En cambio, las interpretaciones cambian tan rápido como la opinión de quien las inventa. Si nos guiáramos por puras interpretaciones, nunca habríamos determinado que la Tierra tiene forma de geoide, que el sol no gira alrededor de la Tierra y caeríamos en el ridículo de los terraplanistas, que aún en pleno siglo XXI siguen ignorando las evidencias para creer que el planeta es plano.
Un verdadero científico no se traga los cuentos completos; aplica el método ante cualquier afirmación, lo cuestiona todo y sabe perfectamente que en este mundo no existen las verdades absolutas. La misma ciencia lo deja claro a través del principio de falsabilidad de Karl Popper, el cual nos dice que una ley o un saber científico es válido solo hasta que alguien más, de manera metódica y con pruebas que todos puedan revisar, nos demuestre lo contrario. Así es como realmente se cambia un paradigma y se avanza en el conocimiento, no inventando cosas de la nada. La ciencia es metódica, experimental y demostrativa: si alguien afirma algo, primero lo demuestra, y segundo, cualquiera debe poder comprobarlo.
Por supuesto que el conocimiento se puede usar para construir cosas grandiosas o para destruirlas, y es justo ahí donde la ética se vuelve obligatoria. El saber no es malo por sí mismo, el problema es el individuo y el uso tramposo que le da a las herramientas. Allá afuera abundan los pseudocientíficos y charlatanes que nos quieren marear con palabras rimbombantes para hacer su libre interpretación de las cosas. Pero si aplicamos el método científico en nuestra vida cotidiana, si nos cuestionamos lo que nos dicen y usamos un poquito de buen criterio basado en hechos y pruebas, es facilísimo darnos cuenta de cuándo nos están mintiendo descaradamente. La ciencia y su método, bien aplicados con rigor en el día a día, son el escudo más fuerte que tenemos para no caer en las manipulaciones de los que buscan agua para su propio molino. Ya lo resumió de forma impecable René Descartes: hay que dudar absolutamente de todo, menos de que estamos dudando.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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