¿Sabían que en la antigua Roma la orina era un producto tan codiciado para la higiene dental que se importaba en botellas y hasta pagaba impuestos?
Para la mentalidad actual el hecho resulta de lo más desagradable, pero la sociedad romana del siglo I recurría al uso de la orina humana y animal de manera constante en su rutina de aseo de la boca. La razón detrás de esta práctica es puramente química, ya que los desechos contienen altos niveles de amoníaco, una sustancia que funciona como un potente limpiador y blanqueador natural al disolver las manchas superficiales de los dientes y eliminar las bacterias. El líquido se dejaba reposar en vasijas hasta que se concentraba el amoníaco, usándose directamente como enjuague bucal o mezclado con piedra pómez triturada para fabricar pastas dentales caseras.
La demanda de este recurso era tan alta en el imperio que la orina recolectada en las letrinas públicas se convirtió en un negocio sumamente rentable, lo que llevó al emperador Vespasiano a establecer un impuesto específico para su distribución en el año 70. En el mercado de higiene, el producto más valioso y caro provenía de Portugal, pues los ciudadanos de la época creían que la orina de la península ibérica era mucho más fuerte y efectiva para dejar la dentadura impecable. Esta excentricidad era tan común que el célebre poeta Catulo llegó a escribir versos burlándose de un conocido llamado Egnacio, señalando que la blancura reluciente de su sonrisa solo demostraba que se enjuagaba la boca con orina española todas las mañanas.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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